El Cautivo, de Alejandro Amenábar

El Cautivo, de Alejandro Amenábar

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Analizamos el contexto histórico de esta película que imagina qué podría haber sucedido durante el cautiverio de Miguel de Cervantes en la Argel del siglo XVI.

Por Carlos Bondia, Graduado en Historia por la Universidad de Valencia.

Mi relación con El cautivo (Alejandro Amenábar, 2025) comenzó dos años antes de su estreno. Entonces trabajaba como docente en Bocairent (València) y, recién llegado, pregunté al conserje por un menú con buena relación calidad-precio. Me recomendó El Cancell. Mientras esperaba la comida, me fijé en una fotografía colgada en la pared. En ella, junto al equipo del restaurante, aparecía un rostro de cuyo nombre no quiero acordarme.

Sorprendido por encontrar al director de Los otros, Mar adentro o TESIS en un restaurante de la Vall d’Albaida, busqué información en la red y descubrí que estaba rodando una nueva película en la Comunitat Valenciana. Dos años después se estrenó El Cautivo. En este artículo voy a contextualizar históricamente la película y dar mi opinión sobre ella.

Cuando hablamos de cine e historia solemos hacerlo desde la óptica de los «errores históricos», pero esto simplifica demasiado el problema. La historia intenta aproximarse objetivamente a lo ocurrido, aunque nunca puede asegurarlo con total certeza. El cine, por su parte, busca narrar una historia atractiva rellenando los huecos donde los datos no alcanzan. Eso es lo que pretende Amenábar: no contar lo que ocurrió, sino lo que pudo haber ocurrido.

El Mediterráneo en el siglo XVI

La historiografía tradicional nos lo presenta como un espacio en disputa entre el Imperio osmanlí (o Imperio otomano) y la Monarquía Hispánica. Ambas potencias en auge chocaban en un contexto marcado por guerras de religión y luchas geopolíticas. Sin embargo, de la visión general se desprenden muchos matices que van más allá del enfrentamiento entre el cristianismo y el islam.

Por un lado, la política matrimonial de los Reyes Católicos dio lugar a la herencia imperial de Carlos V, quien asumió el lema de su abuelo: «Paz entre los aliados y muerte al infiel».

Mapa del mar Mediterráneo por Charles Price, siglo XVIII.

Por otro lado, los turcos osmanlíes avanzaron con rapidez por el Mediterráneo oriental, conquistando Constantinopla en 1453. Como contrapeso, los Reyes Católicos tomaron Granada en 1492, poniendo fin al último reino musulmán en la Península.

En Europa, la reforma protestante criticaba prácticas de la Iglesia católica y ponía en cuestión dogmas centrales. Muchos sectores populares vieron en estas corrientes una vía para liberarse del diezmo y algunos estados aprovecharon la coyuntura para debilitar la influencia de la Iglesia y del poder español en sus territorios. Todo ello configuró un tablero político y religioso muy complejo.

La formación de la Liga Santa

En 1539 los turcos iniciaron la invasión de Chipre, posesión veneciana. Tras la caída de Nicosia y el asedio de Famagusta, Venecia pidió ayuda a la Santa Sede y a Felipe II. Sin embargo, la creación de una coalición cristiana no fue sencilla: existían recelos hacia Venecia, que había firmado treguas con corsarios berberiscos, y Felipe II estaba ocupado con las rebeliones de los Países Bajos y su enfrentamiento con Francia.

Hubo que esperar a la elección de Pío V como papa. Pío V impulsó la creación de una gran alianza para recuperar protagonismo geopolítico tras años de guerras contra el protestantismo. En 1571 se formó oficialmente la Liga Santa, integrada por la Monarquía Hispánica, Venecia, los Estados Pontificios, la Orden de Malta, Génova y Florencia. Don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, fue nombrado comandante de la flota. El resto de potencias en Europa, aunque temerosas de la amenaza musulmana, se negaron a participar por su enemistad con la Contrarreforma. Por tanto, el conflicto se desarrolló en un contexto de alianzas frágiles y equilibrios inestables.

El combate naval en el siglo XVI

A diferencia de las unidades de los tercios en tierra, las compañías en el mar combatían de forma aislada, a bordo de galeras, galeones o embarcaciones de apoyo. La artillería era lenta de recargar y se combinaba el uso de arcabuces, mosquetes y piezas ligeras como los esmeriles. Cada soldado tenía una posición asignada desde la que disparar para debilitar al enemigo antes del abordaje.

Normalmente el combate seguía tres fases: primero el intercambio de fuego; después, el lanzamiento de arpeos para enganchar las naves rivales; finalmente el abordaje, a menudo por la popa o el combés, donde se concentraban los combatientes. Allí se luchaba cuerpo a cuerpo con espadas, alabardas y picas.

La batalla de Lepanto

El golfo de Lepanto es una larga entrada de mar que separa la península del Peloponeso del resto de Grecia. Actualmente está dividido en dos zonas: al oeste, el golfo de Patrás (donde se dio el combate) y al este, el golfo de Corinto.

La flota de la Liga Santa contaba con 208 naves, 40 000 marineros y 28 500 soldados. Los turcos desplegaron unas 251 embarcaciones y 27 000 soldados, entre ellos 10 000 jenízaros, infantería de élite comparada con los tercios españoles.

La galera era el barco principal, donde se daban de veinticinco a treinta remos por banda con tres o cuatro hombres por remo. Disponían de piezas de artillería para ablandar los ánimos de los hombres y la estructura de los barcos, para continuar embistiendo a los navíos y así pasar al abordaje.

Pero en el bando cristiano destacaban las seis grandes galeazas venecianas: eran de mayor tamaño y tenían más armamento, pero eran lentas en maniobra. Aun así, su valor era poderoso, ya que tenían cañones a proa, popa y en los laterales. Además, existían zonas para cobijarse de los ataques enemigos y algunas tenían armas en plataformas que giraban sobre su propio eje.

El resto de barcos eran de remo, pero con vela en el mástil, que servían como aprovisionamiento. El tamaño de la galeota era la mitad que el de una galera, y en dimensiones le seguían la fusta, el bergantín y la fragata.

Antes del combate de Lepanto, hubo un momento de paz para arengar a las tropas e intimidar a los enemigos con gritos, percusión y el choque de las armas contra los escudos. Fue considerada una batalla terrestre luchada en el mar, porque en un espacio de 250 metros de ancho se reunieron treinta naves de ambos bandos.

En el centro se enfrentaron las galeras de Don Juan de Austria y Alí Pachá. El viento favoreció a los cristianos, que contaban además con mayor potencia de fuego. Aunque al inicio la pericia de los comandantes musulmanes equilibró el combate, estos factores inclinaron finalmente la balanza.

El choque entre Don Juan y Alí Pachá fue decisivo. Tras un violento abordaje, la intervención de la reserva cristiana permitió capturar la nave otomana. Con la muerte de Alí Pachá, el centro turco se desmoronó y muchas embarcaciones comenzaron a rendirse.

Las pérdidas otomanas ascendieron a unos 30 000 hombres y 170 galeras hundidas o capturadas. En el bando cristiano hubo alrededor de 3 000 muertos y se perdieron 10 galeras. Fue una victoria aplastante en términos militares y morales, pero de consecuencias estratégicas limitadas: cautivos y estandartes fueron exhibidos como trofeos y hubo celebraciones en todo el Mediterráneo cristiano. Sin embargo, la flota otomana se reconstruyó en apenas un año. Venecia firmó la paz con la Sublime Puerta para restablecer su comercio oriental, Felipe II se concentró en la rebelión de los Países Bajos y, tras la muerte de Pío V en 1572, la Liga Santa se disolvió en 1573. En 1574, los turcos habían recuperado Túnez.

Lepanto fue probablemente la mayor batalla naval del Mediterráneo y una de las más sangrientas de la historia, comparable a Cannas o al Somme por el número de bajas en un solo día. Su valor simbólico fue inmenso, pero ninguno de sus vencedores supo capitalizar la victoria políticamente.

Cervantes en Lepanto

Miguel de Cervantes combatió en la galera Marquesa. A pesar de padecer fiebre, pidió participar en la batalla y fue destinado a defender el esquife, punto estratégico cuando una galera era abordada. Allí recibió dos disparos en el pecho y uno en el brazo izquierdo, que quedó inutilizado de por vida, dándole el sobrenombre de «el manco de Lepanto».

Combatió en el ala izquierda, la zona más castigada de la flota cristiana, y en su nave se alcanzaron cifras de cuarenta muertos y más de un centenar de heridos. Tras la batalla fue trasladado a Mesina, donde pasó siete meses recuperándose. Recibió una modesta pensión, una gratificación por su actuación y la Corona gastó cuarenta ducados en su tratamiento.

Su experiencia militar no terminó en Lepanto. Participó en el socorro de Chipre en 1570, Navarino en 1572, los intentos de socorro de Túnez-La Goleta entre 1573-74 y, tras su cautiverio, en la batalla de Portugal en 1581 y en las Azores en 1582.

El cautiverio en Argel

En 1575 Cervantes se dirigía a España desde Nápoles junto a su hermano Rodrigo, en la galera Sol, portando cartas de recomendación que lo acreditaban para levantar una compañía como capitán. Un temporal dispersó la flota en el golfo de León y la Sol fue capturada frente a la costa catalana por corsarios berberiscos. Miguel y Rodrigo fueron trasladados a Argel.

Las cartas hicieron pensar a sus captores que era una persona influyente, por lo que fijaron su rescate en quinientos escudos de oro. Su primer dueño fue Dalí Mamí. En Argel convivían entre veinte y veinticinco mil cautivos cristianos, muchos alojados en los llamados «baños» o corrales de esclavos del rey.

Cervantes intentó huir en cuatro ocasiones. En el primer intento planeó llegar a Orán a pie, recorriendo unos cuatrocientos kilómetros, pero el guía los abandonó y regresaron a Argel. A pesar de ello, no fue castigado con dureza.

«Cautiverio de Cervantes. Interior de la prisión Baño Real donde amontonaba sus cautivos el Rey de Argel».

En su segundo intento, ya bajo el gobierno de Hasán Bajá y sin su hermano (rescatado previamente), trató de huir con otros catorce cautivos, refugiándose en una cueva mientras esperaban ayuda de un jardinero cristiano. Un renegado español los traicionó.

En los otros dos intentos, él mismo organizó las fugas. En la última, planeó escapar con sesenta cautivos en una fragata de un mercader valenciano, pero fue traicionado por el dominico Juan Blanco de Paz. Incluso entonces, Hasán Bajá no lo ejecutó; al contrario, lo compró por los quinientos escudos fijados inicialmente.

En 1579 su madre reunió trescientos escudos y los entregó a la Orden de la Santísima Trinidad para negociar su liberación. En 1580, Fray Juan Gil logró reunir los doscientos escudos restantes justo cuando Hasán Bajá se disponía a partir hacia Constantinopla con sus esclavos. Así, Cervantes recuperó la libertad tras cinco años de cautiverio.

Posteriormente, redactó catorce preguntas para que sus compañeros cautivos testificaran sobre lo ocurrido en Argel, dando lugar al llamado Informe de Argel, cuyo objetivo era contrarrestar las calumnias de Blanco de Paz.

La situación de la ciudad de Argel en el siglo XVI

El día a día en Argel hacía tambalear la estricta tradición y moralidad cristiana española. Si bien ambas sociedades eran profundamente religiosas y estaban jerarquizadas, muchos historiadores están de acuerdo en que en Argel había mayor diversidad y tolerancia religiosa de la que había en Madrid, centro de la Contrarreforma católica.

Por un lado, el gobierno de Argel se estructuraba en el sistema millet y en el estatus de dhimmi, donde aquellos que no fueran musulmanes debían pagar impuestos concretos y aceptar una posición social inferior. A cambio, se garantizaba la seguridad de sus vidas, propiedades y libertad religiosa. Además, era una ciudad portuaria donde convivían turcos, árabes, bereberes, renegados y prisioneros cristianos, por lo que había mayor contacto entre culturas. A pesar de que las fuentes históricas reflejan cierta libertad de movimiento (muy limitada) para los prisioneros, no hay que olvidar que Argel era sede principal de la piratería y el cautiverio cristiano.

En conclusión, Argel era más libre y tolerante si la comparamos con la Madrid de la Contrarreforma, pero eso no quiere decir que allí la vida fuera menos dura, sino que era una ciudad de frontera donde las costumbres y tradiciones, por muy estrictas que fueran, tendían a difuminarse y relajarse. El dinero tenía más importancia que la sangre o la ortodoxia religiosa y salía rentable comerciar con prisioneros y usar el talento de los militares renegados.

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El Cautivo de Amenábar

¡Atención, zona spoilers!

Llegados a este punto, hablemos de la película. Conviene recordar que el cine no muestra la verdad histórica, sino una interpretación verosímil de lo ocurrido. No se le puede exigir al cine la misma rigurosidad que a la historia, sino la capacidad de explorar zonas grises y darles forma narrativa. Como dice Amenábar, se trata de «rellenar los huecos de manera libre».

La película se centra en los cinco años de cautiverio de Cervantes en Argel, donde espera un rescate elevado debido a sus cartas de recomendación. Mientras tanto, encuentra refugio en la imaginación, en la palabra y en el contacto con una cultura distinta, fuente de inquietud, aprendizaje e inspiración.

Julio Peña y Roberto Álamo en una escena ambientada en el zoco de Argel, donde el personaje de Abderramán (Álamo) es un renegado cristiano convertido al islam e integrado en su sociedad.

Al leer las críticas, detecté un patrón común: se acusa a Amenábar de desvirtuar la historia al sugerir una posible homosexualidad de Cervantes sin base documental suficiente y de ceder a una supuesta agenda ideológica. Otros reprochan que el personaje carece de la grandeza moral asociada al «estandarte» de la literatura española, que el guion es irregular y que la trama avanza lentamente. Aun así, casi todos coinciden en elogiar el trabajo de investigación en la ambientación, vestuario, maquillaje y recreación histórica.

Desde mi punto de vista, muchas de estas críticas responden a un ego herido al bajar del pedestal de lo «español» y «tradicional» a Cervantes. Estoy de acuerdo en que la investigación es profunda, no solo por parte de la producción, sino también de Amenábar, que ha reconocido haberse apoyado en especialistas y fuentes históricas. Su objetivo no es lo probado, sino lo probable: partir de un contexto sólido y adentrarse en los espacios donde la historia no puede llegar.

La película se formula preguntas legítimas: ¿Cómo es posible que Cervantes intentara huir cuatro veces sin ser ejecutado? ¿Por qué recibió un trato relativamente favorable? ¿Hasta qué punto influyó su cautiverio en su obra posterior? Estas cuestiones, más propias de la microhistoria que de la gran narrativa política, son las que alimentan la trama.

Es cierto que el ritmo puede resultar lento para el espectador contemporáneo, acostumbrado a narrativas más aceleradas. Esto responde a una voluntad de no forzar acontecimientos extraordinarios. La historia abarca apenas unos años de una vida marcada por la monotonía del encierro y esa sensación de estancamiento forma parte de la experiencia carcelaria.

También se omite un dato histórico relevante: la presencia de Rodrigo, el hermano de Cervantes, capturado con él y rescatado antes. La película parece centrarse en el periodo comprendido entre 1577 y 1580, bajo el gobierno de Hasán Bajá, que aparece como figura central. El anterior gobernador, Ramadán Bajá, queda fuera de la narración, lo que tiene sentido si consideramos que la historia se construye en torno a la relación entre Cervantes y Hasán.

Asimismo, el clérigo portugués Antonio de Sosa y el dominico Juan Blanco de Paz, ambos hechos prisioneros en 1577, aparecen desde el inicio, reforzando la coherencia temporal del relato. Las licencias históricas, por tanto, son pocas y funcionales a la narración.

Sobre la sexualidad de Miguel de Cervantes

Se ha discutido mucho sobre la orientación sexual del autor de El Quijote, pero no existen pruebas concluyentes y nos estamos refiriendo a nomenclaturas modernas que difícilmente pueden aplicarse al siglo XVI. En la película no se presenta a un Cervantes explícitamente gay, sino a un hombre cautivo en un mundo ajeno a su tradición, religión y cultura que se muestra abierto a comprender al otro.

Más que una historia de deseo físico, la relación entre Cervantes y Hasán Bajá se construye desde la curiosidad intelectual, la atracción mental y una dinámica psicológica de poder entre captor y cautivo frecuente en la literatura y el cine. Las fuentes solo confirman que Hasán compró a Cervantes por quinientos escudos, que no lo ejecutó tras sus intentos de fuga y que pensaba llevárselo consigo a Constantinopla. Todo lo demás pertenece al terreno de lo probable, no de lo probado.

Una historia de relatos, encierro e inspiración

La película articula su trama a través de microhistorias. Utiliza el relato de Zoraida como hilo conductor de una historia que nunca termina, a la manera de Las mil y una noches. Este relato aparece en la «Historia del cautivo», en los capítulos 39 al 41 de El Quijote.

Al mismo tiempo, El Cautivo es una narración carcelaria de fugas frustradas, traiciones y vejaciones donde destaca el arco del dominico interpretado por Fernando Tejero, que comienza como alivio cómico y acaba convertido en villano en un giro tan inesperado como eficaz.

Pero, sobre todo, es una película sobre la creación. Una reflexión sobre cómo los escritores transforman sus vivencias en materia literaria, sobre cómo el dolor, el encierro y la otredad pueden convertirse en semillas de relatos que entretienen, conmueven y hacen pensar. Es una oda a la imaginación como refugio frente a la adversidad.

Y ahí reside, a mi juicio, la clave del aprendizaje: cuando uno piensa y se divierte al mismo tiempo, despierta la curiosidad, la inquietud y el deseo de seguir explorando por su cuenta. La cultura, entonces, deja de ser una imposición para convertirse en un placer.

El Cautivo es un ejemplo notable de cómo trasladar al lenguaje cinematográfico lo que encontramos en libros y fuentes históricas sin quedar prisioneros de ellas. No busca reproducir fielmente los hechos, sino explorar las sensaciones, contradicciones y tensiones de un Miguel de Cervantes joven, de su arrojo, su entrega a los demás, sus intentos de fuga y su ansia de libertad, rasgos que dialogan con su futura identidad como escritor.

Al fin y al cabo, ¿no son las historias una forma de evadirnos del aquí y ahora para habitar un mundo donde las posibilidades son infinitas?


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2 Responses

  1. Me ha resultado muy interesante el artículo… aunque ya conocía ciertos aspectos de la vida y de esta etapa de Cervantes…aporta una visión , con un estilo ameno y fresco y datos poco conocidos de la batalla de Lepanto…
    GRACIAS

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